2.1 El mensaje teológico del Pentateuco
Uno de
los dogmas más firmes entre los estudiosos bíblicos fue, durante mucho tiempo,
que Moisés era el autor de toda la Torá, es decir, de la Ley
veterotestamentaria recogida en los primeros cinco libros de la Escritura
(Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), base y fundamento de los
posteriores libros bíblicos. Sin embargo, actualmente, ningún biblista serio
piensa así. La misma Iglesia Católica ha abandonado ya esta postura, gracias a
los hallazgos de las últimas décadas.
A
causa de las vocales
En un
principio, la Torá era un único y extenso libro escrito en hebreo. El formato
de los libros, en aquella época, no era como los nuestros actuales sino que
consistía en una larga tira de papiro o pergamino, que luego se enrollaba. Por
eso no se les llamaba “libros” sino “rollos”.
Este
rollo, alrededor del año 250 a.C, fue llevado desde Palestina a una ciudad
egipcia llamada Alejandría, y allí fue traducido al griego. Entonces la obra
adquirió un volumen mucho mayor, porque mientras la lengua hebrea se escribe
sólo con consonantes, en griego se le añadieron las vocales propias de este
idioma, y su tamaño se duplicó.
Como
no existían rollos tan grandes para contener el extenso manuscrito, debió ser
dividido en cinco libros, y se le dio el nombre de Pentateuco (del griego "pénta" = cinco, y
"téukos" = estuches para guardar los rollos), nombre con el que
actualmente se lo conoce.
El
porqué de los nombres
Cada
libro recibió, a su vez, un nombre especial: Al primero se lo llamó “Génesis”
(que en griego significa “origen”) porque describe tres orígenes: el del
cosmos, el de la humanidad, y el del pueblo de Israel, con Abraham. Al segundo,
“Éxodo” (en griego = “salida”), porque relata la salida de Israel de la
esclavitud de Egipto. Al tercero, “Levítico”, porque casi todo el libro
contiene las prescripciones que debían observar los sacerdotes levitas durante
el culto. Al cuarto, “Números”, porque comienza con los números obtenidos por
Moisés luego de realizar el censo del pueblo. Finalmente el quinto fue llamado
“Deuteronomio” (del griego “déuteros” = segundo, y “nomos” = ley), porque
contiene el segundo grupo de leyes que Moisés habría entregado al pueblo poco
antes de su muerte.
El
amigo de Dios
Como
hemos visto, la tradición judía siempre pensó que el Pentateuco (que a simple
vista parece un relato continuo desde la creación del mundo, pasando por la
historia de los Patriarcas, la esclavitud de los israelitas en Egipto, el éxodo
con Moisés y el regreso a la Tierra Prometida) tenía como autor al mismo
Moisés. Y esto por tres razones:
1. Porque
Moisés es la figura principal de toda la obra.
2. Porque
la mayor parte de los libros contiene leyes supuestamente dadas por él.
3. Porque
varias veces se dice expresamente que Moisés puso por escrito algunos de los
episodios allí contados (Ver Ex 17, 14;
24, 4; 34, 28; Nm 33, 2; Dt 31, 9. 22).
Y ante
la pregunta de cómo se enteró Moisés, por ejemplo, de los hechos sucedidos en
el Paraíso, o de la historia de Noé, o de los sucesos de los Patriarcas que
vivieron seiscientos años antes que él, se respondía simplemente que, como
Moisés tenía un trato íntimo y especial con Dios (según se lee en Ex 33, 11), bien pudo escuchar de labios
del mismo Dios todos aquellos detalles.
Por lo
tanto, en tiempos de Jesucristo los judíos estaban plenamente convencidos de
que Moisés había escrito todo el Pentateuco. El mismo Jesús alude a esta creencia
en una discusión con ellos: “Si ustedes
creyeran en Moisés, creerían en mí, porque él escribió sobre mí. Pero si no
creen en sus escritos, ¿cómo van a creer en mis palabras?” (Jn 5, 46-47).
Las
primeras dudas
Durante
casi quince siglos el mundo cristiano continuó pensando de esta manera, y a
nadie se le ocurrió jamás ponerla en duda.
Pero
en el siglo XVI las cosas empezaron a cambiar. Un teólogo alemán, llamado Bodenstein Carlstadt, comenzó a
sospechar que el capítulo 34 del Deuteronomio, el que mencionamos al principio de
este tema, y donde se narra precisamente “la muerte de Moisés”, no podía haber
sido escrito por él. Además, a continuación de su muerte se dice: “Y no ha
vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés” (versículo 10), lo cual
supone que, al redactarse esto, ya habían transcurrido muchos años después de
su muerte.
Por lo
tanto, en 1520 Carlstadt publicó un libro en el que afirmaba que Moisés no pudo
haber sido el autor de todo el Pentateuco.
Pero
será el francés Jean Astruc quien,
dos siglos más tarde, revolucionará los estudios del Pentateuco. Era médico de
cabecera del rey Luis XIV, y al parecer el monarca gozaba de buena salud,
porque Astruc disponía de mucho tiempo para leer la Biblia. En cierta ocasión
hizo un extraño descubrimiento: Comprobó que en Gn 2-3 a Dios se lo llama siempre “Yahvé”, mientras que en Gn 1 Dios aparece con el nombre de
“Elohim” (o sea, “Dios”, a secas). Y se preguntó: ¿Es posible que un mismo
escritor diga primero 35 veces Elohim, y luego 18 veces Yahvé? ¿No será que hay
dos autores, y cada uno utiliza un nombre de Dios distinto del que utiliza el
otro?
Así,
en 1753 escribió un libro donde propuso la hipótesis de que el Pentateuco fue
escrito por dos autores. Uno de ellos fue llamado “Yahvista”, y el otro, “Elohista”.
Esta teoría marcará un hito en la historia de las investigaciones posteriores.
Más
contradicciones
Siguiendo
los pasos del médico francés, muchos otros teólogos continuaron investigando y
detectaron nuevas irregularidades literarias.
Por
ejemplo, descubrieron que estaba dos veces el relato de la creación del mundo (Gn 1 y Gn 2); dos veces la genealogía de Adán (Gn 4, 25 y 5, 1); dos veces el diluvio universal (Gn 6-8); dos veces la expulsión de la
esclava de Abraham (Gn 16, 3-16 y 21,
8-21); dos veces la historia en la que Sara se va con un rey extranjero (Gn 12, 10 y Gn 20, 1); dos veces la alianza de Dios con Abraham (Gn 15, 1, y Gn
17, 1); dos veces el origen del nombre de Israel (Gn 32, 29 y Gn 35, 10);
dos veces la vocación de Moisés (Ex
3, 1 y Ex 6, 1); dos veces la lista
de los 10 mandamientos (Ex 20, 1 y Dt 5, 1). Y para peor, contados de
manera diversa.
Otros
textos están repetidos tres veces, como la legislación sobre el homicidio, y
algunos hasta cinco veces, como la ley del diezmo, o la lista de las fiestas
israelitas. ¿Por qué Moisés tendría que contar cinco veces las mismas cosas?
También
se encontraron afirmaciones contradictorias, como por ejemplo, que el monte de
la alianza se llamaba “Sinaí” (Ex
19,1), y también “Horeb” (Ex 5, 2).
Que el suegro de Moisés era Jetró (Ex
3, 1), o Rauel (Ex 2, 18). Que Jacob
obtuvo el derecho a la primogenitura cambiándosela a su hermano Esaú por un
plato de lentejas (Gn 5, 29-34), y
que la obtuvo disfrazándose de Esaú ante su padre ciego (Gn 27). Que quien guiaba a los israelitas por el desierto era una
nube (Nm 9, 17-18), y que era el arca
de la alianza (Nm 10, 33). ¿Por qué
tantas incoherencias?
Sospechosas
profecías
Pero
lo más asombroso fue descubrir relatos referidos a sucesos que acontecieron varios
siglos posteriores a Moisés. Por ejemplo, Gn
36, 31 dice: “Estos son los reyes que
reinaron en Edom antes de que hubiera reyes en Israel”. ¿Cómo supo Moisés
que tres siglos después de él habría reyes en Israel? Y en Gn 14, 14 se
menciona a la ciudad de Dan. ¿Cómo se enteró de que se fundaría esta ciudad
siglos más tarde de su muerte?
A todo
esto, nunca pudo hallarse un solo pasaje del Pentateuco donde Moisés escriba en
primera persona (“Yo dije”, o “yo fui”), sino que siempre aparece en tercera
persona (“Moisés dijo”, o “Moisés fue”), lo cual indica que no es él quien
escribe, sino algún otro autor.
Poco a
poco, pues, se fue desmoronando la creencia de que el héroe del éxodo fuera el
autor del Pentateuco.
En
1798 se produjo un nuevo descubrimiento: K.D.
Ilgen logró identificar, inmerso en los relatos del Pentateuco, un tercer
documento. Y le dio el nombre de “Sacerdotal”, porque casi todos los relatos se
centran en los temas litúrgicos y sacerdotales.
Finalmente
en 1854 el biblista alemán H. Riehm
distinguió un cuarto documento en el Pentateuco, y fue llamado “Deuteronomista”
porque es el que compone el libro del Deuteronomio.
El
genio y su teoría
Con
estos descubrimientos a mano, sólo faltaba alguien que pudiera hacer una
síntesis y presentar una hipótesis satisfactoria. Entonces apareció en escena un
genial pensador llamado Julius
Wellhausen. Este protestante alemán recogió los datos nuevos que habían ido
apareciendo, les dio mayor precisión científica, logró ponerles fecha, y en
1878 estuvo en condiciones de presentar, por primera vez, su nueva hipótesis
que lo consagrará para siempre ante el mundo: la “Teoría de los cuatro
documentos”, llamada también, en homenaje a él, “Teoría wellhauseniana”.
Según
ésta, el Pentateuco no sería obra de Moisés sino el resultado de una
compilación de cuatro escritos, que en un principio eran independientes y que
luego se fusionaron en uno solo. ¿Cómo nacieron estos cuatro documentos, y qué
contenían?
Los
documentos Yahvista y Elohista
El más
antiguo de todos es el llamado documento Yahvista. Fue compuesto en Jerusalén
alrededor del año 950 a.C, en tiempos del rey Salomón. Su autor era un gran
teólogo y excepcional catequista.
Comenzaba
con la historia de Adán y Eva (de Gn
2), la vida en el Paraíso, el pecado original, el asesinato de Caín, el diluvio
universal y la torre de Babel. Seguía después con la vida de Abrahán, Isaac,
Jacob, y José en Egipto. Luego contaba algunas cosas sobre la opresión egipcia,
el nacimiento y la vocación de Moisés, las plagas de Egipto, ciertos episodios
del monte Sinaí, y terminaba con la llegada de los israelitas a las puertas de
la tierra prometida (Nm 25).
Los
relatos del yahvista se distinguen en el Pentateuco porque están contados con
un arte muy primitivo, llenos de colorido y atrevidos antropomorfismos. Presentan
a Dios como alfarero, jardinero, cirujano, sastre, huésped de Abraham,
interlocutor familiar de Moisés. Es decir, un Dios cercano, casi “humano”,
mezclado en la historia de los hombres.
Cuando
a la muerte de Salomón el país se dividió en dos, el reino del Sur se quedó con
la historia Yahvista. Entonces dos siglos más tarde, hacia el 750 a.C, un autor
anónimo del reino del norte decidió componer otra obra que recogiera las
tradiciones propias norteñas.
Este
nuevo documento, llamado Elohista, relataba más o menos la misma historia que
el Yahvista, sólo que era más breve pues comenzaba directamente con Abrahán (Gn 15). Se lo distingue en el Pentateuco
porque, a diferencia del Yahvista, evita describir a Dios con características
tan “humanas”. Sus relatos no muestran a Dios hablando con los hombres cara a
cara sino desde el cielo, desde una nube, desde el fuego, a través de ángeles,
o en sueños.
El
documento terminaba, igual que el Yahvista, con la llegada de los hebreos a la
tierra prometida (Nm 25).
Los
documentos Deuteronomista y Sacerdotal
En el
año 622 a.C, en unos trabajos de reparación del Templo de Jerusalén, fue
descubierto en un viejo armario un código legal. Muchas de las leyes allí
escritas ni siquiera eran conocidas por los judíos. A fin de revalorizarlas y
hacerlas cumplir, los escribas del rey Josías crearon, en torno a él, una
historia ficticia en la que Moisés, a punto de morir, daba al pueblo judío
estas nuevas leyes para que las observaran. Así nació este tercer documento, llamado
por ello Deuteronomista (es decir, de las segundas leyes).
Cien
años más tarde, cuando los israelitas fueron llevados cautivos a Babilonia, los
sacerdotes decidieron escribir una nueva historia del pueblo de Israel, tal
como lo habían hecho el Yahvista y el Elohista. Pero la novedad consistía en
incluir, a lo largo del relato, una serie de leyes litúrgicas, de ritos y
celebraciones, para que el pueblo no olvidara de cumplirlas en el país
extranjero.
El
libro comenzaba, como el Yahvista, con la creación del mundo en seis días (de
Gn 1), seguía con el diluvio universal, la historia de Abraham, Isaac y Jacob,
la esclavitud de los israelitas en Egipto, la vocación de Moisés, la liberación
y la alianza en el monte Sinaí, hasta la llegada de los israelitas a la tierra
prometida (Nm 36).
Para
no perderse nada
Cuando
los judíos regresaron del destierro y quisieron recopilar sus tradiciones, se encontraron
con que tenían cuatro relatos distintos de su pasado histórico. No queriendo
perder ninguno de ellos, un compilador anónimo resolvió combinarlos en uno
solo. Y nació así el Pentateuco.
La
fusión se hizo alrededor del año 450 a.C. y a la manera semita, es decir,
yuxtaponiendo, pegando, cortando, sin preocuparse demasiado por armonizar las
diferencias. Incluso dejando “duplicados”. Por eso al analizar con cuidado la
obra se descubren ciertas incoherencias, repeticiones y contradicciones en la
narración.
La
obra tuvo un éxito tan grande que los cuatro documentos originales cayeron
pronto en el olvido. Hasta se olvidó el nombre de aquél que los había
unificado, y entonces el Pentateuco fue atribuido a Moisés.
La
oposición de las Iglesias
Hasta
aquí la teoría de Wellhausen. Y, como era de esperar, encontró pronto un
rechazo general en todas las Iglesias protestantes, donde había nacido. También
los católicos la condenaron enérgicamente, y el 27 de junio de 1906 la
Pontificia Comisión Bíblica declaraba que el Pentateuco era obra de Moisés, y
prohibía cualquier enseñanza contraria.
Frente
al fracaso de su hipótesis, Wellhausen escribió en 1883: “Sé qué las Iglesias
rechazarán primero mis teorías durante cincuenta años, pero luego las admitirán
en su credo con sutiles argumentos”.
Tales
palabras resultaron casi una predicción, porque sesenta años más tarde, en
1943, el Papa Pío XII publicó la encíclica “Divino
Afflante Spiritu”, en la que anunciaba que ya habían pasado los tiempos del
miedo a la investigación, y que los biblistas católicos debían utilizar para
sus estudios todas las ayudas de las ciencias modernas. Y en 1951 se publicó
una traducción francesa del Génesis, en la que se incluía por primera vez, con
permiso oficial, la teoría de los cuatro documentos.
Se
había cumplido brillantemente la predicción de Wellhausen.
Con
el espíritu de Moisés
Aunque
la “Teoría de los cuatro documentos” sufrió hoy algunas transformaciones y fue
retocada en los detalles, la genial intuición de Wellhausen perdura todavía: el
Pentateuco es una obra que expresa el espíritu de Moisés, pero escrita por
varias generaciones de teólogos, historiadores, catequistas, juristas,
sacerdotes y liturgistas, todos ellos inspirados por Dios para componer esta
monumental epopeya sagrada.
La
teoría de Wellhausen ayuda a los lectores modernos, por una parte, a no
interpretar ingenuamente estos cinco libros como si hubieran sido escritos de
corrido por una sola persona, a fin de entender mejor el complejo mensaje que
encierran. Y por otra, a admirar aún más la grandeza de Dios, que buscó el
aporte de tantos autores anónimos para la confección de la obra más preclara
del Antiguo Testamento.
2.2 El mensaje teológico de los libros
históricos
Los libros históricos del Antiguo
Testamento abarcan la vida del pueblo hebreo desde el momento de su entrada a
la Tierra prometida, en el tiempo de Josué (1451 aC), hasta el período de los
Macabeos (unos 150 antes del nacimiento de Cristo).
Los libros de Josué y de los Jueces en particular, abarcan el período temprano de la vida del
pueblo hebreo, cuando las tribus hebreas, que habitaban la tierra prometida, no
habían sido reunidos en un Estado, sino que vivían más o manos separados unos
de otros.
Los libros de Samuel, de los Reyes y de las Crónicas (también
llamados “Paralipómenos”) abarcan el período monárquico de los hebreos,
alrededor de 500 años. Este período concluye con la caída del reino Judío y el
cautiverio en Babilonia, 586 años antes de Cristo.
Los libros de Rut, Esdras, Nehemías, Tobías, Judit y Ester, relatan
los acontecimientos posteriores al cautiverio babilónico y la reconstrucción de
Jerusalén.
Los libros de los Macabeos abarcan el fin del último
período de la historia Hebrea del Antiguo Testamento y los períodos de lucha
por la independencia, que precedieron varias centurias al nacimiento de Cristo.
A través de los siglos, en el
trascurso de su historia, el pueblo judío atravesó muchas fases del desarrollo
físico y espiritual. Dios eligió al pueblo Hebreo para traer mediante él la salvación
a todos los pueblos de la tierra. Según los planes Divinos, del pueblo judío
tenía que surgir el Salvador del mundo, Cristo, y a su vez los primeros
ciudadanos del Reino de Dios y los propagadores de la fe cristiana.
Los profetas del Antiguo Testamento,
enviados por Dios, preparaban el terreno espiritual en el pueblo judío, para la
creación del Reino Divino entre los hombres. El camino de la evolución
espiritual del pueblo judío no era llano, tuvo períodos de auge espiritual y
florecimiento, y períodos de enfriamiento religioso e incluso retrocesos.
Por supuesto, todo lo escrito
en los libros sagrados, no tiene para nosotros el mismo significado. No hay que
olvidar, leyendo la historia del Antiguo Testamento, que ahí está descrito el
tiempo previo al cristianismo. Los altos principios cristianos de amor hacia
los enemigos, perdón total y abstención, hubieron sido desconocidos y
prácticamente inalcanzables para los habitantes de aquel lejano tiempo, sin la
gracia Divina. Los hebreos vivían rodeados de pueblos idólatras y agresivos -
cananeos, moabitas, idumeos, edomitas, amonitas, filisteos y luego sirios,
asirios, babilonios y otros, los que con sus creencias supersticiosas y las
brutales costumbres paganas arrastraban a los hebreos en el plano espiritual.
No había de quién aprender la bondad. Teniendo la mínima oportunidad, estos
idólatras esclavizaban inclementemente a los hebreos. La lucha por la
conservación de la pureza de la fe y existencia física atraviesa a toda la
historia del pueblo judío.
Para entender correctamente
esta historia hay que leerla en el contexto de las costumbres y caracteres de
aquel tiempo. En los libros históricos de la Biblia se aprecian la verdad y
objetividad de este libro sagrado. La misma no idealiza a las personas o
acontecimientos, sino evalúa estricta o imparcialmente inclusive a grandes
héroes nacionales, por lo cual ayuda al lector a aprender de los ejemplos
positivos, como también de los negativos: qué hay que hacer y qué no hay que
hacer.
Pero a pesar de las
condiciones externas no propicias, muchos hijos hebreos alcanzaban gran altura
espiritual y dejaron ejemplos dignos de imitación, para todos los tiempos.
Aunque los hebreos no solían pecar menos que los pueblos vecinos paganos, sin
embargo sabían arrepentirse sinceramente. Por estas, sus cualidades,
consideramos, que fueron dignos de la elección Divina. Según la palabra del
Evangelio, se les concedió mucho, por lo cual se exigía mucho de ellos.
Los libros históricos del
Antiguo Testamento son valiosos también por mostrar claramente que no es la
mera casualidad, sino Dios, quien dirige el destino de cada hombre y de cada
nación. La Biblia cita claros ejemplos de la providencia Divina, mostrando como
Él eleva y recompensa a los justos por sus virtudes, perdona a los pecadores
arrepentidos y simultáneamente, como un Juez justo, castiga a los reincidentes
sin ley. En los sucesos cotidianos concretos de la Biblia, el lector ve las
cualidades del Gran Dios cuya misericordia es inagotable, la sabiduría inalcanzable,
la fuerza infinita y su justicia inevitable. Ningún libro histórico, solamente
la Biblia, puede trasmitir tal perspectiva espiritual de los acontecimientos
vitales.
La historia puede considerarse
como el sacramento de la religión de Israel. A través de la historia, Israel ve
la faz de Dios y continúa viéndole aun cuando es invisible. No sería justo
detenerse en las múltiples intrigas humanas que entretejen la historia de
Israel, recogida en estos libros. Más allá o por encima de los intereses
creados de los personajes históricos, se revela Dios como el verdadero motor de
la historia.
2.3 El mensaje teológico de los profetas
Profeta es una voz griega (“profetés”), y designa al que habla por
otro, o sea en lugar de otro; equivale en cierto sentido a la voz
"intérprete" o "vocero". En hebreo se designa al profeta
con dos nombres muy significativos: El primero es "nabí" que
significa "extático", "inspirado", a saber por Dios. El
otro nombre es "roéh" o
"choséh" que quiere decir
"el vidente", el que ve lo que Dios le muestra en forma de visiones, sueños,
etc., ambos nombres expresan la idea de que el profeta es instrumento de Dios,
hombre de Dios que no ha de anunciar su propia palabra sino la que el Espíritu
de Dios le sopla e inspira.
Según 1 Re 9, 9 el
"vidente" es el precursor de los otros profetas; y efectivamente, en
la época de los patriarcas, el proceso profético se desarrolla en forma de
"visión" e iluminación interna, mientras que más tarde, ante todo en
las "escuelas de profetas" se cultivaba el éxtasis, señal
característica de los profetas posteriores que precisamente por eso son
llamados "nabí".
Otras denominaciones, pero
metafóricas, son: vigía, atalaya,
centinela, pastor, siervo de Dios, ángel de Dios (Is 21, 1; 52, 8; Ez 3,
17; Jer 17, 16; Is 20, 3; Am 3, 7; Ag 1, 13).
El concepto de profeta se
desprende de esos nombres. Él es vidente u hombre inspirado por Dios. De lo
cual no se sigue que el predecir las cosas futuras haya sido la única tarea del
profeta; ni siquiera la principal. Había profetas que no dejaban vaticinios
sobre el porvenir, sino que se ocupaban exclusivamente del tiempo en que les
tocaba vivir. Pero todos, y en esto estriba su valor, eran voceros del
Altísimo, portadores de un mensaje del Señor, predicadores de penitencia,
anunciadores de los secretos de Yahvé. El Espíritu del Señor los arrebataba,
irrumpía sobre ellos y los empujaba a predicar aún contra la propia voluntad
(Is 6; Jer 1, 6). Tomaba a uno que iba detrás del ganado y le decía: "Ve, profetiza a mi pueblo Israel"
(Am 7, 15); sacaba a otro de detrás del arado, o le colocaba sus palabras en la
boca y tocaba sus labios (Jer 1, 9), o le daba sus palabras literalmente a
comer (Ez 3, 3). El mensaje profético no es otra cosa que "Palabra de
Yahvé", "oráculo de Yahvé", "carga de Yahvé", un
"así dijo el Señor".
Los temas principales que abordan los profetas bíblicos son: La Ley
divina, las verdades eternas, la revelación de los designios del Señor, la
gloria de Dios y de su Reino, la venida del Mesías, y la misión del pueblo de
Dios entre las naciones.
En cuanto al modo en que se producían las profecías,
hay que notar que la luz profética no residía en el profeta en forma permanente
(2 Pe 1, 20 ss), sino a manera de cierta pasión o impresión pasajera.
Consistía, en general, en una iluminación interna o en visiones, a veces
ocasionadas por algún hecho presentado a los sentidos (por ejemplo, en Dan 5,
25 por palabras escritas en la pared); en la mayoría de los casos, empero,
solamente puestas ante la vista espiritual del profeta, por ejemplo, una olla
colocada al fuego (Ez 24, 1 ss), los huesos secos que se cubren de piel (Ez 37,
1 ss); el gancho que sirve para recoger fruta (Am 8, 1), la vara de almendro
(Jer 1, 11), los dos canastos de higos (Jer 24, 1 ss), etc., símbolos todos
éstos que manifestaban la voluntad de Dios. Pero no siempre ilustraba Dios al
profeta por medio de actos o símbolos, sino que a menudo le iluminaba
directamente por la luz sobrenatural de tal manera que podía conocer por su
inteligencia lo que Dios quería decirle (por ejemplo, Is 7, 14).
A veces el mismo profeta
encarnaba una profecía. Así, por ejemplo, Oseas debió por orden de Dios casarse
con una mala mujer que representaba a Israel, simbolizando de este modo la
infidelidad que el pueblo mostraba para con Dios. Y sus tres hijos llevan
nombres que asimismo encierran una profecía: "Jezrael", "No más
misericordia", "No mi pueblo" (Os 1).
El profeta auténtico subraya
el sentido de la profecía mediante su manera de vivir, llevando una vida
austera, un vestido áspero, un saco de pelo con cinturón de cuero (Is 20, 2;
Zac 13, 4; Mt 3, 4), viviendo solo y aun célibe, como Elías, Eliseo y Jeremías.
No faltaba en Israel la peste
de los falsos profetas. El profeta de Dios se distingue del falso por la
veracidad y por la fidelidad con que transmite la Palabra del Señor. Aunque
tiene que anunciar a veces cosas duras, auténticas "cargas", está
lleno del espíritu del Señor, de justicia y de constancia, para decir a Jacob
sus maldades y a Israel su pecado (Miq 3, 8). El falso, en cambio, se acomoda
al gusto de su auditorio, habla de "paz", es decir, anuncia cosas
agradables, y adula a la mayoría, porque esto se paga bien. El profeta
auténtico es universal, predica a todos, hasta a los sacerdotes; el falso, en
cambio, no se atreve a decir la verdad a los poderosos, es muy nacionalista,
por lo cual no profetiza contra su propio pueblo ni lo exhorta al
arrepentimiento.
Por eso los verdaderos
profetas tenían adversarios que los perseguían y martirizaban; los falsos, por
el contrario, se veían rodeados de amigos, protegidos por los reyes y
obsequiados con enjundiosos regalos. Siempre será así: el que predica los
juicios de Dios, puede estar seguro de encontrar resistencia y contradicción,
mientras aquel que predica "lo que gusta a los oídos" (2 Tim 4, 3)
puede dormir tranquilo; nadie le molesta; es un orador famoso. Tal es lo que
está tremendamente anunciado para los últimos tiempos, los nuestros (1 Tim. 4,
1 ss; 2 Tim. 3, 1 ss; 2 Pe 3, 3 ss; Jud 18; Mt 24, 11).
En general los profetas
preferían el lenguaje poético. Los
vaticinios propiamente dichos son, por regla general, poesía elevadísima, y se
puede suponer que, por lo menos algunos profetas los promulgaban cantando para
revestirlos de mayor solemnidad. Se nota en ellos la forma característica de la
poesía hebrea, la coordinación sintáctica, el ritmo, y la división en estrofas.
Sólo en Jeremías, Ezequiel y Daniel se encuentran considerables trozos de
prosa, debido a los temas históricos que tratan. El estilo poético no sólo ha
proporcionado a los videntes del Antiguo Testamento la facultad de expresarse
en imágenes rebosantes de esplendor y originalidad, sino que también les ha
merecido el lugar privilegiado que disfrutan en la literatura mundial.
Las oscuridades, propias de
las profecías, se aumentan por el gran número de alusiones a personas, lugares,
acontecimientos, usos y costumbres desconocidos, y también por la falta de
precisión de los tiempos en que han de cumplirse los vaticinios, que Dios quiso
dejar en el arcano hasta el tiempo conveniente (Jer 30, 24; Is 60, 22; Dan 12,
4).
En lo tocante a las alusiones,
el exégeta dispone hoy día, como observa la nueva Encíclica bíblica "Divino Afflante Spiritu", de
un conjunto muy vasto de conocimientos recién adquiridos por las
investigaciones y excavaciones, respecto del antiguo mundo oriental, de manera
que para nosotros no es ya tan difícil comprender el modo de pensar o de
expresarse que tenían los profetas de Israel.
Con todo, las profecías están
envueltas en el misterio, salvo las que ya se han cumplido; y aun en éstas hay
que advertir que a veces abarcan dos o más sentidos. Muchas profecías resultan
puros enigmas, si el expositor no se atiene a esta regla hermenéutica que le
permite ver en el cumplimiento de una profecía la figura de un suceso futuro.
Sería erróneo, pues,
considerar a los profetas sólo como portadores de predicciones referentes a lo
por venir; fueron en primer lugar misioneros de su propio pueblo. Si Israel
guardó su religión y fe y se mantuvo firme en medio de un mundo idólatra, no
fue el mérito de la sinagoga oficial, sino de los profetas, que a pesar de las
persecuciones que padecieron no desistieron de ser predicadores del Altísimo.
2.4 El mensaje teológico de los libros sapienciales
A los libros históricos sigue,
según el Canon del Antiguo Testamento, el grupo de los libros llamados didácticos (por su enseñanza pedagógica),
sapienciales (por su contenido
espiritual y de sabiduría), o poéticos
(por su forma literaria), y abarcan los siguientes libros: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría
y Eclesiástico. Todos éstos son principalmente denominados libros sapienciales, porque las
enseñanzas e instrucciones que Dios nos ofrece en ellos forman lo que en el
Antiguo Testamento se llama “Sabiduría”, que es el fundamento de la piedad, el
arte del buen vivir.
Temer ofender a Dios, nuestro
Padre, y guardar sus mandamientos con amor filial, esto es el fruto de la
verdadera sabiduría. Es decir, que si la moral es la ciencia de lo que debemos
hacer, la sabiduría es el arte de hacerlo con agrado y con fruto.
Bien se ve cuán lejos estamos
de la falsa concepción moderna que confunde sabiduría con el saber muchas
cosas, siendo más bien ella un sabor de lo divino, que se concede gratuitamente
a todo el que lo quiere (Sab 6, 12 ss), como un don del Espíritu, y que en vano
pretendería el hombre adquirir por sí mismo (Job 28, 12 ss).
Los libros sapienciales, en
cuanto a su forma, pertenece al
género poético. La poesía hebrea no tiene rima ni ritmo cuantitativo, ni metro
en el sentido de las lenguas clásicas y modernas. Lo único que la distingue de
la prosa, es el acento (no siempre claro), y el ritmo de los pensamientos,
llamado comúnmente paralelismo de los miembros. Esto consiste en que el
mismo pensamiento se expresa dos veces, sea con vocablos sinónimos (paralelismo
sinónimo), sea en forma de tesis y antítesis (paralelismo antitético), o
también ampliando por una u otra adición (paralelismo sintético). Pueden
distinguirse, a veces, estrofas.

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