2. Teología del AT y los contenidos del Catecismo




2.1 El mensaje teológico del Pentateuco

Uno de los dogmas más firmes entre los estudiosos bíblicos fue, durante mucho tiempo, que Moisés era el autor de toda la Torá, es decir, de la Ley veterotestamentaria recogida en los primeros cinco libros de la Escritura (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), base y fundamento de los posteriores libros bíblicos. Sin embargo, actualmente, ningún biblista serio piensa así. La misma Iglesia Católica ha abandonado ya esta postura, gracias a los hallazgos de las últimas décadas.

A causa de las vocales

En un principio, la Torá era un único y extenso libro escrito en hebreo. El formato de los libros, en aquella época, no era como los nuestros actuales sino que consistía en una larga tira de papiro o pergamino, que luego se enrollaba. Por eso no se les llamaba “libros” sino “rollos”.

Este rollo, alrededor del año 250 a.C, fue llevado desde Palestina a una ciudad egipcia llamada Alejandría, y allí fue traducido al griego. Entonces la obra adquirió un volumen mucho mayor, porque mientras la lengua hebrea se escribe sólo con consonantes, en griego se le añadieron las vocales propias de este idioma, y su tamaño se duplicó.

Como no existían rollos tan grandes para contener el extenso manuscrito, debió ser dividido en cinco libros, y se le dio el nombre de Pentateuco (del griego "pénta" = cinco, y "téukos" = estuches para guardar los rollos), nombre con el que actualmente se lo conoce.

El porqué de los nombres

Cada libro recibió, a su vez, un nombre especial: Al primero se lo llamó “Génesis” (que en griego significa “origen”) porque describe tres orígenes: el del cosmos, el de la humanidad, y el del pueblo de Israel, con Abraham. Al segundo, “Éxodo” (en griego = “salida”), porque relata la salida de Israel de la esclavitud de Egipto. Al tercero, “Levítico”, porque casi todo el libro contiene las prescripciones que debían observar los sacerdotes levitas durante el culto. Al cuarto, “Números”, porque comienza con los números obtenidos por Moisés luego de realizar el censo del pueblo. Finalmente el quinto fue llamado “Deuteronomio” (del griego “déuteros” = segundo, y “nomos” = ley), porque contiene el segundo grupo de leyes que Moisés habría entregado al pueblo poco antes de su muerte.

El amigo de Dios

Como hemos visto, la tradición judía siempre pensó que el Pentateuco (que a simple vista parece un relato continuo desde la creación del mundo, pasando por la historia de los Patriarcas, la esclavitud de los israelitas en Egipto, el éxodo con Moisés y el regreso a la Tierra Prometida) tenía como autor al mismo Moisés. Y esto por tres razones:

1. Porque Moisés es la figura principal de toda la obra.
2. Porque la mayor parte de los libros contiene leyes supuestamente dadas por él.
3. Porque varias veces se dice expresamente que Moisés puso por escrito algunos de los episodios allí contados (Ver Ex 17, 14; 24, 4; 34, 28; Nm 33, 2; Dt 31, 9. 22).

Y ante la pregunta de cómo se enteró Moisés, por ejemplo, de los hechos sucedidos en el Paraíso, o de la historia de Noé, o de los sucesos de los Patriarcas que vivieron seiscientos años antes que él, se respondía simplemente que, como Moisés tenía un trato íntimo y especial con Dios (según se lee en Ex 33, 11), bien pudo escuchar de labios del mismo Dios todos aquellos detalles.

Por lo tanto, en tiempos de Jesucristo los judíos estaban plenamente convencidos de que Moisés había escrito todo el Pentateuco. El mismo Jesús alude a esta creencia en una discusión con ellos: “Si ustedes creyeran en Moisés, creerían en mí, porque él escribió sobre mí. Pero si no creen en sus escritos, ¿cómo van a creer en mis palabras?” (Jn 5, 46-47).

Las primeras dudas

Durante casi quince siglos el mundo cristiano continuó pensando de esta manera, y a nadie se le ocurrió jamás ponerla en duda.

Pero en el siglo XVI las cosas empezaron a cambiar. Un teólogo alemán, llamado Bodenstein Carlstadt, comenzó a sospechar que el capítulo 34 del Deuteronomio, el que mencionamos al principio de este tema, y donde se narra precisamente “la muerte de Moisés”, no podía haber sido escrito por él. Además, a continuación de su muerte se dice: “Y no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés” (versículo 10), lo cual supone que, al redactarse esto, ya habían transcurrido muchos años después de su muerte.

Por lo tanto, en 1520 Carlstadt publicó un libro en el que afirmaba que Moisés no pudo haber sido el autor de todo el Pentateuco.

Pero será el francés Jean Astruc quien, dos siglos más tarde, revolucionará los estudios del Pentateuco. Era médico de cabecera del rey Luis XIV, y al parecer el monarca gozaba de buena salud, porque Astruc disponía de mucho tiempo para leer la Biblia. En cierta ocasión hizo un extraño descubrimiento: Comprobó que en Gn 2-3 a Dios se lo llama siempre “Yahvé”, mientras que en Gn 1 Dios aparece con el nombre de “Elohim” (o sea, “Dios”, a secas). Y se preguntó: ¿Es posible que un mismo escritor diga primero 35 veces Elohim, y luego 18 veces Yahvé? ¿No será que hay dos autores, y cada uno utiliza un nombre de Dios distinto del que utiliza el otro?

Así, en 1753 escribió un libro donde propuso la hipótesis de que el Pentateuco fue escrito por dos autores. Uno de ellos fue llamado “Yahvista”, y el otro, “Elohista”. Esta teoría marcará un hito en la historia de las investigaciones posteriores.

Más contradicciones

Siguiendo los pasos del médico francés, muchos otros teólogos continuaron investigando y detectaron nuevas irregularidades literarias.

Por ejemplo, descubrieron que estaba dos veces el relato de la creación del mundo (Gn 1 y Gn 2); dos veces la genealogía de Adán (Gn 4, 25 y 5, 1); dos veces el diluvio universal (Gn 6-8); dos veces la expulsión de la esclava de Abraham (Gn 16, 3-16 y 21, 8-21); dos veces la historia en la que Sara se va con un rey extranjero (Gn 12, 10 y Gn 20, 1); dos veces la alianza de Dios con Abraham (Gn 15, 1, y Gn 17, 1); dos veces el origen del nombre de Israel (Gn 32, 29 y Gn 35, 10); dos veces la vocación de Moisés (Ex 3, 1 y Ex 6, 1); dos veces la lista de los 10 mandamientos (Ex 20, 1 y Dt 5, 1). Y para peor, contados de manera diversa.

Otros textos están repetidos tres veces, como la legislación sobre el homicidio, y algunos hasta cinco veces, como la ley del diezmo, o la lista de las fiestas israelitas. ¿Por qué Moisés tendría que contar cinco veces las mismas cosas?

También se encontraron afirmaciones contradictorias, como por ejemplo, que el monte de la alianza se llamaba “Sinaí” (Ex 19,1), y también “Horeb” (Ex 5, 2). Que el suegro de Moisés era Jetró (Ex 3, 1), o Rauel (Ex 2, 18). Que Jacob obtuvo el derecho a la primogenitura cambiándosela a su hermano Esaú por un plato de lentejas (Gn 5, 29-34), y que la obtuvo disfrazándose de Esaú ante su padre ciego (Gn 27). Que quien guiaba a los israelitas por el desierto era una nube (Nm 9, 17-18), y que era el arca de la alianza (Nm 10, 33). ¿Por qué tantas incoherencias?

Sospechosas profecías

Pero lo más asombroso fue descubrir relatos referidos a sucesos que acontecieron varios siglos posteriores a Moisés. Por ejemplo, Gn 36, 31 dice: “Estos son los reyes que reinaron en Edom antes de que hubiera reyes en Israel”. ¿Cómo supo Moisés que tres siglos después de él habría reyes en Israel? Y en Gn 14, 14 se menciona a la ciudad de Dan. ¿Cómo se enteró de que se fundaría esta ciudad siglos más tarde de su muerte?

A todo esto, nunca pudo hallarse un solo pasaje del Pentateuco donde Moisés escriba en primera persona (“Yo dije”, o “yo fui”), sino que siempre aparece en tercera persona (“Moisés dijo”, o “Moisés fue”), lo cual indica que no es él quien escribe, sino algún otro autor.

Poco a poco, pues, se fue desmoronando la creencia de que el héroe del éxodo fuera el autor del Pentateuco.

En 1798 se produjo un nuevo descubrimiento: K.D. Ilgen logró identificar, inmerso en los relatos del Pentateuco, un tercer documento. Y le dio el nombre de “Sacerdotal”, porque casi todos los relatos se centran en los temas litúrgicos y sacerdotales.

Finalmente en 1854 el biblista alemán H. Riehm distinguió un cuarto documento en el Pentateuco, y fue llamado “Deuteronomista” porque es el que compone el libro del Deuteronomio. 

El genio y su teoría

Con estos descubrimientos a mano, sólo faltaba alguien que pudiera hacer una síntesis y presentar una hipótesis satisfactoria. Entonces apareció en escena un genial pensador llamado Julius Wellhausen. Este protestante alemán recogió los datos nuevos que habían ido apareciendo, les dio mayor precisión científica, logró ponerles fecha, y en 1878 estuvo en condiciones de presentar, por primera vez, su nueva hipótesis que lo consagrará para siempre ante el mundo: la “Teoría de los cuatro documentos”, llamada también, en homenaje a él, “Teoría wellhauseniana”.

Según ésta, el Pentateuco no sería obra de Moisés sino el resultado de una compilación de cuatro escritos, que en un principio eran independientes y que luego se fusionaron en uno solo. ¿Cómo nacieron estos cuatro documentos, y qué contenían?

Los documentos Yahvista y Elohista

El más antiguo de todos es el llamado documento Yahvista. Fue compuesto en Jerusalén alrededor del año 950 a.C, en tiempos del rey Salomón. Su autor era un gran teólogo y excepcional catequista.

Comenzaba con la historia de Adán y Eva (de Gn 2), la vida en el Paraíso, el pecado original, el asesinato de Caín, el diluvio universal y la torre de Babel. Seguía después con la vida de Abrahán, Isaac, Jacob, y José en Egipto. Luego contaba algunas cosas sobre la opresión egipcia, el nacimiento y la vocación de Moisés, las plagas de Egipto, ciertos episodios del monte Sinaí, y terminaba con la llegada de los israelitas a las puertas de la tierra prometida (Nm 25).

Los relatos del yahvista se distinguen en el Pentateuco porque están contados con un arte muy primitivo, llenos de colorido y atrevidos antropomorfismos. Presentan a Dios como alfarero, jardinero, cirujano, sastre, huésped de Abraham, interlocutor familiar de Moisés. Es decir, un Dios cercano, casi “humano”, mezclado en la historia de los hombres.

Cuando a la muerte de Salomón el país se dividió en dos, el reino del Sur se quedó con la historia Yahvista. Entonces dos siglos más tarde, hacia el 750 a.C, un autor anónimo del reino del norte decidió componer otra obra que recogiera las tradiciones propias norteñas.

Este nuevo documento, llamado Elohista, relataba más o menos la misma historia que el Yahvista, sólo que era más breve pues comenzaba directamente con Abrahán (Gn 15). Se lo distingue en el Pentateuco porque, a diferencia del Yahvista, evita describir a Dios con características tan “humanas”. Sus relatos no muestran a Dios hablando con los hombres cara a cara sino desde el cielo, desde una nube, desde el fuego, a través de ángeles, o en sueños.

El documento terminaba, igual que el Yahvista, con la llegada de los hebreos a la tierra prometida (Nm 25).

Los documentos Deuteronomista y Sacerdotal

En el año 622 a.C, en unos trabajos de reparación del Templo de Jerusalén, fue descubierto en un viejo armario un código legal. Muchas de las leyes allí escritas ni siquiera eran conocidas por los judíos. A fin de revalorizarlas y hacerlas cumplir, los escribas del rey Josías crearon, en torno a él, una historia ficticia en la que Moisés, a punto de morir, daba al pueblo judío estas nuevas leyes para que las observaran. Así nació este tercer documento, llamado por ello Deuteronomista (es decir, de las segundas leyes).

Cien años más tarde, cuando los israelitas fueron llevados cautivos a Babilonia, los sacerdotes decidieron escribir una nueva historia del pueblo de Israel, tal como lo habían hecho el Yahvista y el Elohista. Pero la novedad consistía en incluir, a lo largo del relato, una serie de leyes litúrgicas, de ritos y celebraciones, para que el pueblo no olvidara de cumplirlas en el país extranjero.

El libro comenzaba, como el Yahvista, con la creación del mundo en seis días (de Gn 1), seguía con el diluvio universal, la historia de Abraham, Isaac y Jacob, la esclavitud de los israelitas en Egipto, la vocación de Moisés, la liberación y la alianza en el monte Sinaí, hasta la llegada de los israelitas a la tierra prometida (Nm 36).

Para no perderse nada

Cuando los judíos regresaron del destierro y quisieron recopilar sus tradiciones, se encontraron con que tenían cuatro relatos distintos de su pasado histórico. No queriendo perder ninguno de ellos, un compilador anónimo resolvió combinarlos en uno solo. Y nació así el Pentateuco.

La fusión se hizo alrededor del año 450 a.C. y a la manera semita, es decir, yuxtaponiendo, pegando, cortando, sin preocuparse demasiado por armonizar las diferencias. Incluso dejando “duplicados”. Por eso al analizar con cuidado la obra se descubren ciertas incoherencias, repeticiones y contradicciones en la narración.

La obra tuvo un éxito tan grande que los cuatro documentos originales cayeron pronto en el olvido. Hasta se olvidó el nombre de aquél que los había unificado, y entonces el Pentateuco fue atribuido a Moisés.

La oposición de las Iglesias

Hasta aquí la teoría de Wellhausen. Y, como era de esperar, encontró pronto un rechazo general en todas las Iglesias protestantes, donde había nacido. También los católicos la condenaron enérgicamente, y el 27 de junio de 1906 la Pontificia Comisión Bíblica declaraba que el Pentateuco era obra de Moisés, y prohibía cualquier enseñanza contraria.

Frente al fracaso de su hipótesis, Wellhausen escribió en 1883: “Sé qué las Iglesias rechazarán primero mis teorías durante cincuenta años, pero luego las admitirán en su credo con sutiles argumentos”.

Tales palabras resultaron casi una predicción, porque sesenta años más tarde, en 1943, el Papa Pío XII publicó la encíclica “Divino Afflante Spiritu”, en la que anunciaba que ya habían pasado los tiempos del miedo a la investigación, y que los biblistas católicos debían utilizar para sus estudios todas las ayudas de las ciencias modernas. Y en 1951 se publicó una traducción francesa del Génesis, en la que se incluía por primera vez, con permiso oficial, la teoría de los cuatro documentos.

Se había cumplido brillantemente la predicción de Wellhausen. 

Con el espíritu de Moisés

Aunque la “Teoría de los cuatro documentos” sufrió hoy algunas transformaciones y fue retocada en los detalles, la genial intuición de Wellhausen perdura todavía: el Pentateuco es una obra que expresa el espíritu de Moisés, pero escrita por varias generaciones de teólogos, historiadores, catequistas, juristas, sacerdotes y liturgistas, todos ellos inspirados por Dios para componer esta monumental epopeya sagrada.

La teoría de Wellhausen ayuda a los lectores modernos, por una parte, a no interpretar ingenuamente estos cinco libros como si hubieran sido escritos de corrido por una sola persona, a fin de entender mejor el complejo mensaje que encierran. Y por otra, a admirar aún más la grandeza de Dios, que buscó el aporte de tantos autores anónimos para la confección de la obra más preclara del Antiguo Testamento.

2.2 El mensaje teológico de los libros históricos

Los libros históricos del Antiguo Testamento abarcan la vida del pueblo hebreo desde el momento de su entrada a la Tierra prometida, en el tiempo de Josué (1451 aC), hasta el período de los Macabeos (unos 150 antes del nacimiento de Cristo).

Los libros de Josué y de los Jueces en particular, abarcan el período temprano de la vida del pueblo hebreo, cuando las tribus hebreas, que habitaban la tierra prometida, no habían sido reunidos en un Estado, sino que vivían más o manos separados unos de otros.

Los libros de Samuel, de los Reyes y de las Crónicas (también llamados “Paralipómenos”) abarcan el período monárquico de los hebreos, alrededor de 500 años. Este período concluye con la caída del reino Judío y el cautiverio en Babilonia, 586 años antes de Cristo.

Los libros de Rut, Esdras, Nehemías, Tobías, Judit y Ester, relatan los acontecimientos posteriores al cautiverio babilónico y la reconstrucción de Jerusalén.

Los libros de los Macabeos abarcan el fin del último período de la historia Hebrea del Antiguo Testamento y los períodos de lucha por la independencia, que precedieron varias centurias al nacimiento de Cristo.

A través de los siglos, en el trascurso de su historia, el pueblo judío atravesó muchas fases del desarrollo físico y espiritual. Dios eligió al pueblo Hebreo para traer mediante él la salvación a todos los pueblos de la tierra. Según los planes Divinos, del pueblo judío tenía que surgir el Salvador del mundo, Cristo, y a su vez los primeros ciudadanos del Reino de Dios y los propagadores de la fe cristiana.

Los profetas del Antiguo Testamento, enviados por Dios, preparaban el terreno espiritual en el pueblo judío, para la creación del Reino Divino entre los hombres. El camino de la evolución espiritual del pueblo judío no era llano, tuvo períodos de auge espiritual y florecimiento, y períodos de enfriamiento religioso e incluso retrocesos.

Por supuesto, todo lo escrito en los libros sagrados, no tiene para nosotros el mismo significado. No hay que olvidar, leyendo la historia del Antiguo Testamento, que ahí está descrito el tiempo previo al cristianismo. Los altos principios cristianos de amor hacia los enemigos, perdón total y abstención, hubieron sido desconocidos y prácticamente inalcanzables para los habitantes de aquel lejano tiempo, sin la gracia Divina. Los hebreos vivían rodeados de pueblos idólatras y agresivos - cananeos, moabitas, idumeos, edomitas, amonitas, filisteos y luego sirios, asirios, babilonios y otros, los que con sus creencias supersticiosas y las brutales costumbres paganas arrastraban a los hebreos en el plano espiritual. No había de quién aprender la bondad. Teniendo la mínima oportunidad, estos idólatras esclavizaban inclementemente a los hebreos. La lucha por la conservación de la pureza de la fe y existencia física atraviesa a toda la historia del pueblo judío.

Para entender correctamente esta historia hay que leerla en el contexto de las costumbres y caracteres de aquel tiempo. En los libros históricos de la Biblia se aprecian la verdad y objetividad de este libro sagrado. La misma no idealiza a las personas o acontecimientos, sino evalúa estricta o imparcialmente inclusive a grandes héroes nacionales, por lo cual ayuda al lector a aprender de los ejemplos positivos, como también de los negativos: qué hay que hacer y qué no hay que hacer.

Pero a pesar de las condiciones externas no propicias, muchos hijos hebreos alcanzaban gran altura espiritual y dejaron ejemplos dignos de imitación, para todos los tiempos. Aunque los hebreos no solían pecar menos que los pueblos vecinos paganos, sin embargo sabían arrepentirse sinceramente. Por estas, sus cualidades, consideramos, que fueron dignos de la elección Divina. Según la palabra del Evangelio, se les concedió mucho, por lo cual se exigía mucho de ellos.

Los libros históricos del Antiguo Testamento son valiosos también por mostrar claramente que no es la mera casualidad, sino Dios, quien dirige el destino de cada hombre y de cada nación. La Biblia cita claros ejemplos de la providencia Divina, mostrando como Él eleva y recompensa a los justos por sus virtudes, perdona a los pecadores arrepentidos y simultáneamente, como un Juez justo, castiga a los reincidentes sin ley. En los sucesos cotidianos concretos de la Biblia, el lector ve las cualidades del Gran Dios cuya misericordia es inagotable, la sabiduría inalcanzable, la fuerza infinita y su justicia inevitable. Ningún libro histórico, solamente la Biblia, puede trasmitir tal perspectiva espiritual de los acontecimientos vitales.

La historia puede considerarse como el sacramento de la religión de Israel. A través de la historia, Israel ve la faz de Dios y continúa viéndole aun cuando es invisible. No sería justo detenerse en las múltiples intrigas humanas que entretejen la historia de Israel, recogida en estos libros. Más allá o por encima de los intereses creados de los personajes históricos, se revela Dios como el verdadero motor de la historia.

2.3 El mensaje teológico de los profetas

Profeta es una voz griega (“profetés”), y designa al que habla por otro, o sea en lugar de otro; equivale en cierto sentido a la voz "intérprete" o "vocero". En hebreo se designa al profeta con dos nombres muy significativos: El primero es "nabí" que significa "extático", "inspirado", a saber por Dios. El otro nombre es "roéh" o "choséh" que quiere decir "el vidente", el que ve lo que Dios le muestra en forma de visiones, sueños, etc., ambos nombres expresan la idea de que el profeta es instrumento de Dios, hombre de Dios que no ha de anunciar su propia palabra sino la que el Espíritu de Dios le sopla e inspira.

Según 1 Re 9, 9 el "vidente" es el precursor de los otros profetas; y efectivamente, en la época de los patriarcas, el proceso profético se desarrolla en forma de "visión" e iluminación interna, mientras que más tarde, ante todo en las "escuelas de profetas" se cultivaba el éxtasis, señal característica de los profetas posteriores que precisamente por eso son llamados "nabí".

Otras denominaciones, pero metafóricas, son: vigía, atalaya, centinela, pastor, siervo de Dios, ángel de Dios (Is 21, 1; 52, 8; Ez 3, 17; Jer 17, 16; Is 20, 3; Am 3, 7; Ag 1, 13).

El concepto de profeta se desprende de esos nombres. Él es vidente u hombre inspirado por Dios. De lo cual no se sigue que el predecir las cosas futuras haya sido la única tarea del profeta; ni siquiera la principal. Había profetas que no dejaban vaticinios sobre el porvenir, sino que se ocupaban exclusivamente del tiempo en que les tocaba vivir. Pero todos, y en esto estriba su valor, eran voceros del Altísimo, portadores de un mensaje del Señor, predicadores de penitencia, anunciadores de los secretos de Yahvé. El Espíritu del Señor los arrebataba, irrumpía sobre ellos y los empujaba a predicar aún contra la propia voluntad (Is 6; Jer 1, 6). Tomaba a uno que iba detrás del ganado y le decía: "Ve, profetiza a mi pueblo Israel" (Am 7, 15); sacaba a otro de detrás del arado, o le colocaba sus palabras en la boca y tocaba sus labios (Jer 1, 9), o le daba sus palabras literalmente a comer (Ez 3, 3). El mensaje profético no es otra cosa que "Palabra de Yahvé", "oráculo de Yahvé", "carga de Yahvé", un "así dijo el Señor".

Los temas principales que abordan los profetas bíblicos son: La Ley divina, las verdades eternas, la revelación de los designios del Señor, la gloria de Dios y de su Reino, la venida del Mesías, y la misión del pueblo de Dios entre las naciones.

En cuanto al modo en que se producían las profecías, hay que notar que la luz profética no residía en el profeta en forma permanente (2 Pe 1, 20 ss), sino a manera de cierta pasión o impresión pasajera. Consistía, en general, en una iluminación interna o en visiones, a veces ocasionadas por algún hecho presentado a los sentidos (por ejemplo, en Dan 5, 25 por palabras escritas en la pared); en la mayoría de los casos, empero, solamente puestas ante la vista espiritual del profeta, por ejemplo, una olla colocada al fuego (Ez 24, 1 ss), los huesos secos que se cubren de piel (Ez 37, 1 ss); el gancho que sirve para recoger fruta (Am 8, 1), la vara de almendro (Jer 1, 11), los dos canastos de higos (Jer 24, 1 ss), etc., símbolos todos éstos que manifestaban la voluntad de Dios. Pero no siempre ilustraba Dios al profeta por medio de actos o símbolos, sino que a menudo le iluminaba directamente por la luz sobrenatural de tal manera que podía conocer por su inteligencia lo que Dios quería decirle (por ejemplo, Is 7, 14).

A veces el mismo profeta encarnaba una profecía. Así, por ejemplo, Oseas debió por orden de Dios casarse con una mala mujer que representaba a Israel, simbolizando de este modo la infidelidad que el pueblo mostraba para con Dios. Y sus tres hijos llevan nombres que asimismo encierran una profecía: "Jezrael", "No más misericordia", "No mi pueblo" (Os 1).

El profeta auténtico subraya el sentido de la profecía mediante su manera de vivir, llevando una vida austera, un vestido áspero, un saco de pelo con cinturón de cuero (Is 20, 2; Zac 13, 4; Mt 3, 4), viviendo solo y aun célibe, como Elías, Eliseo y Jeremías.

No faltaba en Israel la peste de los falsos profetas. El profeta de Dios se distingue del falso por la veracidad y por la fidelidad con que transmite la Palabra del Señor. Aunque tiene que anunciar a veces cosas duras, auténticas "cargas", está lleno del espíritu del Señor, de justicia y de constancia, para decir a Jacob sus maldades y a Israel su pecado (Miq 3, 8). El falso, en cambio, se acomoda al gusto de su auditorio, habla de "paz", es decir, anuncia cosas agradables, y adula a la mayoría, porque esto se paga bien. El profeta auténtico es universal, predica a todos, hasta a los sacerdotes; el falso, en cambio, no se atreve a decir la verdad a los poderosos, es muy nacionalista, por lo cual no profetiza contra su propio pueblo ni lo exhorta al arrepentimiento.

Por eso los verdaderos profetas tenían adversarios que los perseguían y martirizaban; los falsos, por el contrario, se veían rodeados de amigos, protegidos por los reyes y obsequiados con enjundiosos regalos. Siempre será así: el que predica los juicios de Dios, puede estar seguro de encontrar resistencia y contradicción, mientras aquel que predica "lo que gusta a los oídos" (2 Tim 4, 3) puede dormir tranquilo; nadie le molesta; es un orador famoso. Tal es lo que está tremendamente anunciado para los últimos tiempos, los nuestros (1 Tim. 4, 1 ss; 2 Tim. 3, 1 ss; 2 Pe 3, 3 ss; Jud 18; Mt 24, 11).

En general los profetas preferían el lenguaje poético. Los vaticinios propiamente dichos son, por regla general, poesía elevadísima, y se puede suponer que, por lo menos algunos profetas los promulgaban cantando para revestirlos de mayor solemnidad. Se nota en ellos la forma característica de la poesía hebrea, la coordinación sintáctica, el ritmo, y la división en estrofas. Sólo en Jeremías, Ezequiel y Daniel se encuentran considerables trozos de prosa, debido a los temas históricos que tratan. El estilo poético no sólo ha proporcionado a los videntes del Antiguo Testamento la facultad de expresarse en imágenes rebosantes de esplendor y originalidad, sino que también les ha merecido el lugar privilegiado que disfrutan en la literatura mundial.

Las oscuridades, propias de las profecías, se aumentan por el gran número de alusiones a personas, lugares, acontecimientos, usos y costumbres desconocidos, y también por la falta de precisión de los tiempos en que han de cumplirse los vaticinios, que Dios quiso dejar en el arcano hasta el tiempo conveniente (Jer 30, 24; Is 60, 22; Dan 12, 4).

En lo tocante a las alusiones, el exégeta dispone hoy día, como observa la nueva Encíclica bíblica "Divino Afflante Spiritu", de un conjunto muy vasto de conocimientos recién adquiridos por las investigaciones y excavaciones, respecto del antiguo mundo oriental, de manera que para nosotros no es ya tan difícil comprender el modo de pensar o de expresarse que tenían los profetas de Israel.

Con todo, las profecías están envueltas en el misterio, salvo las que ya se han cumplido; y aun en éstas hay que advertir que a veces abarcan dos o más sentidos. Muchas profecías resultan puros enigmas, si el expositor no se atiene a esta regla hermenéutica que le permite ver en el cumplimiento de una profecía la figura de un suceso futuro.

Sería erróneo, pues, considerar a los profetas sólo como portadores de predicciones referentes a lo por venir; fueron en primer lugar misioneros de su propio pueblo. Si Israel guardó su religión y fe y se mantuvo firme en medio de un mundo idólatra, no fue el mérito de la sinagoga oficial, sino de los profetas, que a pesar de las persecuciones que padecieron no desistieron de ser predicadores del Altísimo.

2.4 El mensaje teológico de los libros sapienciales

A los libros históricos sigue, según el Canon del Antiguo Testamento, el grupo de los libros llamados didácticos (por su enseñanza pedagógica), sapienciales (por su contenido espiritual y de sabiduría), o poéticos (por su forma literaria), y abarcan los siguientes libros: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico. Todos éstos son principalmente denominados libros sapienciales, porque las enseñanzas e instrucciones que Dios nos ofrece en ellos forman lo que en el Antiguo Testamento se llama “Sabiduría”, que es el fundamento de la piedad, el arte del buen vivir.

Temer ofender a Dios, nuestro Padre, y guardar sus mandamientos con amor filial, esto es el fruto de la verdadera sabiduría. Es decir, que si la moral es la ciencia de lo que debemos hacer, la sabiduría es el arte de hacerlo con agrado y con fruto.

Bien se ve cuán lejos estamos de la falsa concepción moderna que confunde sabiduría con el saber muchas cosas, siendo más bien ella un sabor de lo divino, que se concede gratuitamente a todo el que lo quiere (Sab 6, 12 ss), como un don del Espíritu, y que en vano pretendería el hombre adquirir por sí mismo (Job 28, 12 ss).

Los libros sapienciales, en cuanto a su forma, pertenece al género poético. La poesía hebrea no tiene rima ni ritmo cuantitativo, ni metro en el sentido de las lenguas clásicas y modernas. Lo único que la distingue de la prosa, es el acento (no siempre claro), y el ritmo de los pensamientos, llamado comúnmente paralelismo de los miembros. Esto consiste en que el mismo pensamiento se expresa dos veces, sea con vocablos sinónimos (paralelismo sinónimo), sea en forma de tesis y antítesis (paralelismo antitético), o también ampliando por una u otra adición (paralelismo sintético). Pueden distinguirse, a veces, estrofas.

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