3. Teología del NT y los contenidos del Catecismo




3.1 El mensaje teológico de los Evangelios y Hechos

Evangelio

El significado originario del término es “Buena Nueva”. Se trata de la Buena Nueva de la Salvación en Cristo Jesús.

Dice la Dei Verbum: “Los cuatro Evangelios narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres hizo y enseñó realmente hasta el día de la Ascensión. Después de este día, los apóstoles comunicaron a sus oyentes esos dichos y hechos con la mayor comprensión que les daban la resurrección gloriosa de Cristo y las enseñanzas del Espíritu de la Verdad. Los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, adaptándolos a la situación de las diversas iglesias, conservando siempre el estilo de la proclamación: así nos transmitieron datos auténticos y genuinos acerca de Jesús; sacándolos de su memoria o del testimonio de los que asistieron desde el principio o fueron ministros de la Palabra, los escribieron para que conozcamos la verdad de los que nos enseñaban” (DV 19).

Antes de ser escrito, el Evangelio fue mensaje transmitido oralmente; antes de ser libro, fue palabra.

Los apóstoles y los primeros discípulos expresaban con la palabra “Evangelio” no sólo el Mensaje de Jesús, sino también los rasgos más importantes de su vida, y de modo especial su muerte y resurrección. El núcleo del Evangelio era Jesús resucitado. Anunciaban un nuevo talante de vida de los hombres. Y de hecho los que aceptaron este Evangelio, los que creyeron en él, organizaron sus vidas con un estilo nuevo, que fue calificado muy pronto como “cristiano”, porque eran los seguidores de Cristo (Hch 11, 26).

En estos grupos o comunidades cristianas, los “testigos oculares”, los que habían vivido con Jesús, exponían sus experiencias, transmitían las enseñanzas de Jesús y evocaban su presencia entre ellos con celebraciones litúrgicas.

Estas tradiciones se comunicaban a otros grupos: se reflexionaba sobre ellas y se interpretaban en el marco de las situaciones específicas por las que cada comunidad atravesaba. Pronto las comunidades tuvieron necesidad de fijar estas tradiciones por escrito, y así fueron surgiendo los Evangelios.

Autores de los Evangelios

Los cuatro Evangelios, tal como los tenemos hoy, nacieron sin nombre del autor entre los años 70 al 90. Hacia el año 125 se reunieron todos en una colección. La tradición afirma que estos escritos surgieron en el entorno de ciertas comunidades: Marcos, en la de Roma; Mateo, en la de Antioquía (Siria); Lucas, en unas comunidades compuestas mayoritariamente por no judíos (Grecia, Siria o Roma); y Juan, en las de Palestina o Asia.

Los evangelios sinópticos: origen y formación

Los tres primeros se llaman sinópticos (de “sin – opsis” = mirada de conjunto), porque tienen muchas coincidencias y se pueden leer disponiendo el texto en columnas paralelas:

Sobre el problema sinóptico, apuntemos:

a) Muchas partes son comunes a los tres evangelistas.
b) Algunas partes son comunes sólo a dos evangelistas.
c) Algunos hechos y palabras aparecen sólo en uno de los tres.

De todo esto concluimos:

- Los tres tuvieron a disposición algunas fuentes comunes, las adaptaron a sus comunidades.
- Los tres presentan a Jesucristo con algunos rasgos particulares: Para Mateo, Jesús aparece como el Maestro, el Señor, el Mesías por tanto tiempo esperado. Para Lucas, Jesús es el Salvador misericordioso, que acoge a todos los hombres. Para Marcos, Jesús es el Hijo de Dios.
- Los tres ponen de manifiesto las características de sus comunidades: La de Mateo eran cristianos judíos; Marcos habla a gente de origen pagano; Lucas tiene una perspectiva universalista.

Evangelio de San Juan

Se trata de un Evangelio sumamente teológico y espiritual. Su manera de narrar la vida y obra de Jesús de Nazaret es muy peculiar, distinta a la de los Sinópticos.

Este Evangelio no sólo contiene muchos pasajes sin equivalente de los Sinópticos, sino que aún los pasajes con cierta similitud son presentados de forma totalmente diversa en cuanto al contenido, lenguaje, y expresiones y giros con que predica el Divino Maestro, así como los lugares de su ministerio.

Es tan diverso este Evangelio que merece un “estudio aparte” del resto de los Evangelios Canónicos.

Evangelios apócrifos

En el siglo II aparecieron unos Evangelios llamados “apócrifos” (ocultos) por oposición a los “canónicos”. Intentaban cubrir las lagunas que los cuatro Evangelios tenían de la vida de Jesús, sobre todo de su infancia. Las comunidades cristianas no los admitieron como auténticos. Aunque se atribuían a un apóstol o a un personaje relacionado con Jesús, la Iglesia no los ha reconocido como Palabra de Dios, tanto por cuestiones internas como externas. Son narraciones legendarias con una mezcla de buena voluntad y fantasía, aunque conserven muchos datos correctos. Han tenido bastante influjo en devociones y fiestas populares, así como en el arte religioso.

Simbología de los cuatro evangelistas

Los cuatro evangelistas se representaron con las figuras de las visiones de los cuatro vivientes de Ezequiel (Ez 1, 5) y del Apocalipsis (Ap 4, 6): hombre, león, toro y águila. La interpretación más admitida es la que hizo san Jerónimo, basándose en los comienzos de los mismos evangelios:

a) Hombre: Mateo, porque empieza con la genealogía humana de Cristo.
b) León: Marcos, porque empieza con la voz poderosa del Bautista en el desierto, donde habitaban los leones.
c) Toro: Lucas, porque empieza con el sacrificio de Zacarías en el templo, donde se sacrificaban toros.
d) Águila: Juan, porque en el prólogo se remonta como en un alto vuelo de un águila, hasta la preexistencia de Jesús en el seno del Padre.

¿Por qué hay diferencias entre los cuatro Evangelios?

1. Cada uno de los evangelistas narra los hechos sobre Jesús según su experiencia y sensibilidad personal.
2. Cada evangelista arregló todo el material de la vida de Jesús según el objetivo que se proponía al escribir su Evangelio, y según los destinatarios al que era dirigido.
3. Cada evangelista se sintió totalmente libre frente a los pormenores históricos o geográficos. A ellos no les interesaba mucho si un milagro fue antes o después, o si esa enseñanza la dijo en uno u otro lugar. Lo importante para ellos era mantener vivo el recuerdo del mensaje y de la persona de Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles

El libro no pretende narrar lo que hizo cada uno de los apóstoles, sino que toma, como lo hicieron los evangelistas, los hechos principales que el Espíritu santo ha sugerido al autor para alimento de nuestra fe (Lc 1, 4; Jn 20, 31).

Dios nos muestra aquí, con un interés histórico y dramático incomparable lo que fue la vida y el apostolado de la Iglesia en los primeros decenios (años 30 al 63 del nacimiento de Cristo), y el papel que en ellos desempeñaron los Príncipes de los Apóstoles: San Pedro (capítulos 1 al 12) y San Pablo (capítulos 13 al 28).

La parte más extensa se dedica, pues, a los viajes, trabajos y triunfos del Apóstol de los gentiles, hasta su primer cautiverio en Roma. Con esto se detiene el autor, de forma abrupta, dando la impresión de que se pensaba escribir otro tratado después.

No hay duda de que el autor es la misma persona que escribió el tercer Evangelio. Terminado éste, San Lucas retoma el hilo de la narración y compone el libro de los Hechos (Hch 1, 1), que dedica al mismo Teófilo de su Evangelio (Lc 1, 1 ss). Los santos Padres, principalmente San Policarpo, San Clemente Romano, San Ignacio Mártir, San Ireneo y San Justino, como también la crítica moderna, atestiguan y reconocen que se trata unánimemente de una obra Lucana, nativo sirio antioqueno, médico y colaborador de San Pablo, con quien se presenta él mismo en muchos pasajes de su relato (Hch 16, 10-17; 20, 5-15; 21, 1-18; 27, 1 - 28, 16). Escribió en griego “koiné”, el idioma corriente entonces, pero su lenguaje contiene también muchas expresiones arameas que denuncian la nacionalidad del autor.

La composición data de Roma hacia el año 63, poco antes del fin de la primera prisión romana de San Pablo, es decir, cinco o seis años antes de su muerte, y también antes de la terrible destrucción de Jerusalén y de su Templo (acaecida en el año 70 dC), o sea cuando la vida y el culto de Israel continuaban normalmente.

El objeto de San Lucas en este escrito es, como en su Evangelio (Lc 1,4), confirmarnos en la fe y enseñar la universalidad de la salud traída por Cristo, la cual se manifiesta primero entre los judíos de Jerusalén, después de Palestina y por fin entre los gentiles.

3.2 El mensaje teológico de San Pablo

El Apóstol

Saulo, quien después de su conversión se hizo llamar Pablo, nació en Tarso de Cilicia, unos seis u ocho años después que Jesús, aunque no lo conoció mientras vivía. Sus padres, judíos de la tribu de Benjamín (Rom 11, 1; Fil 3, 5), le proporcionaron una excelente educación farisea, entregándolo a uno de los más célebres doctores de su tiempo, Rabí Gamaliel, en cuya escuela el fervoroso discípulo se compenetró de las doctrinas de la Ley, y cuyos ideales defendió con sincera pasión mientras ignoraba el misterio de Cristo. No contento con su formación en las disciplinas de la Torá, aprendió también el oficio de tejedor de tiendas de campaña, para ganarse la vida con sus propias manos. El Libro de los Hechos de los Apóstoles relata cómo, durante sus viajes apostólicos, trabajaba en eso “de día y de noche”, según lo proclama varias veces como ejemplo y constancia de no ser una carga para las iglesias (Hch 18, 3).

Las tradiciones humanas de su casa y de su escuela, así como el celo farisaico por la Ley, hicieron de Pablo un apasionado sectario, que se creía obligado a entregarse en persona a perseguir a los discípulos de la nueva doctrina fundada por Jesús. No sólo presenció activamente la lapidación de San Esteban, sino que, ardiendo de fanatismo, se encaminó a Damasco, para organizar allí la persecución contra los seguidores del camino. Sin embargo, lo esperaba allí la gracia divina para convertirlo en el más fiel campeón y doctor de esa gracia que de tal modo había obrado en él. Fue Jesús mismo, el Perseguido, quien mostrándole que era más fuerte que él, domó su celo desenfrenado y lo transformó en un instrumento sin igual para la predicación del Evangelio y la propagación del Reino de Dios como luz revelada a los gentiles.

Desde Damasco fue Pablo al desierto de Arabia (Gal 1, 17) a fin de prepararse, en la soledad, para esa misión apostólica. Volvió a Damasco y, después de haber tenido contacto en Jerusalén con el Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, regresó a su patria hasta que su compañero Bernabé le condujo a Antioquía de Siria, donde tuvo oportunidad de mostrar su fervor hacia la causa de los gentiles y la doctrina de la Nueva Ley del Espíritu de vida que trajo Jesucristo, para librarnos de la esclavitud de la antigua Ley. Hizo en adelante tres grandes viajes apostólicos, que su discípulo San Lucas refiere y que sirvieron de base para la conquista espiritual de todo un mundo.

Terminado su tercer viaje, fue preso y conducido a Roma, donde se creé que pudo recobrar la libertad hacia el año 63, y desde entonces los últimos cuatro años de su vida están en penumbra. Según parece, viajó a España (Rom 15, 24. 28) e hizo otro viaje a Oriente. Murió en Roma, decapitado por los verdugos del emperador Nerón, hacia el año 67, y se cree que en el mismo día del martirio de San Pedro. Sus restos descansan en la basílica de San Pablo, a las afueras de la Ciudad de Roma.

En cuanto a sus Escritos

Los escritos paulinos son exclusivamente cartas, pero de tanto valor doctrinal y tanta profundidad sobrenatural como un Evangelio. Las enseñanzas de las Epístolas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios, y otras, constituyen, como dice San Juan Crisóstomo, una mina inagotable de oro, a la cual hemos de acudir en todas las circunstancias de la vida, debiendo frecuentarlas mucho hasta familiarizarnos con su lenguaje, porque su lectura, como dice San Jerónimo, nos recuerda más bien el trueno que el sonido de palabras.

San Pablo nos da, a través de sus cartas, un inmenso conocimiento de Cristo. No un conocimiento sistemático, sino un conocimiento espiritual que es lo que importa. Él es ante todo el Doctor de la Gracia, el que trata los temas siempre actuales del pecado y la justificación, del Cuerpo Místico, de la Ley y de la libertad, de la fe y de las obras, de la carne y del espíritu, de la predestinación y de la reprobación, del Reino de Cristo y de su segunda Venida.

No hemos de olvidar que San Pablo fue elegido por el mismo Dios para ser el Apóstol de los gentiles (Hch 13, 2. 47; 26, 17 ss; Rom 1, 5), es decir, de nosotros, hijos de paganos, antes "separados de la sociedad de Israel, extraños a las alianzas, sin esperanza en la promesa y sin Dios en este mundo" (Ef 2, 12), y que entramos en la salvación a causa de la incredulidad de Israel (Rom 11, 11 ss; Hch 28, 23 ss), siendo llamados al nuevo y gran misterio del Cuerpo Místico (Ef 1, 22 ss; 3, 4-9; Col 1, 26). De ahí que Pablo resulte también para nosotros el grande e infalible intérprete de las Escrituras antiguas, principalmente de los Salmos y de los Profetas, citados por él a cada paso. Hay Salmos cuyo discutido significado se fija gracias a las citas que San Pablo hace de ellos.

El canon contiene 13 Epístolas que llevan el nombre del gran Apóstol de los gentiles. Algunas otras parecen haberse perdido (1 Co 5, 9; Col 4, 16).

La sucesión de las Epístolas paulinas en el canon no obedece al orden cronológico, sino más bien al volumen, importancia y prestigio de sus destinatarios. He aquí una división que se suele hacer de las mismas:

- Primeras Cartas: 1 y 2 de Tesalonicenses.
- Grandes Cartas: Romanos, 1 y 2 de Corintios y Gálatas.
- Cartas de la Cautividad: Efesios, Filipenses, Colosenses y Filemón.
- Cartas Pastorales: 1 y 2 de Timoteo y Tito.

3.3 El mensaje teológico de las Cartas Católicas

“Católico”, en griego, significa “universal”. Mientras que las cartas de san Pablo tienen por destinatario una persona o una iglesia particular y su contenido trata de temas aplicables especialmente a los mismos, estas cartas no tienen un destinatario particular; son dirigidas a todas las iglesias; su mismo contenido también es universal, es decir, referido a todos.

Las Cartas Católicas no tienen un carácter epistolar como las de Pablo, son como breves exposiciones y sentencias doctrinales acompañadas de algunas normas prácticas, con objeto de defender la pureza de la fe, amenazada por falsas doctrinas (auténticas herejías) que se iban propagando en el seno de las comunidades cristianas por maestros mentirosos y falsos doctores.

Autores, fechas y destinatarios

De la Carta de Santiago, se creé que fue el hermano de Cleofás, pariente del Señor, a quien le fue encomendada la comunidad cristiana de Jerusalén desde el año 42 en adelante. Sufrió el martirio hacia el año 62. Compuso su Carta en torno al año 60. La dirige a las Doce tribus de la diáspora (es decir, de la “dispersión”, esto es, a los cristianos de origen judío dispersos por todo el mundo grecorromano).

De las Cartas de Pedro (1 y 2 de Pedro), se creé que fue el mismo San Pedro, el Príncipe de los Apóstoles. Compuso sus cartas hacia el año 64 o 67. Las dirige a los fieles del Asia Menor, es decir, a gentiles que habían sido evangelizados por el Apóstol Pablo.

De las Cartas de Juan (1, 2 y 3 de Juan), se creé que, de la Primera, fue el Apóstol llamado Juan, “el Discípulo a quien Jesús amaba”. De la Segunda y Tercera Carta, se apunta a un cristiano perteneciente a la comunidad joánica y conocido por el nombre de “Juan, el presbítero”.

La Primera Carta fue escrita alrededor de los años 95 a 98. La Segunda y la Tercera Carta fueron escritas alrededor del año 100. Tardaron en ser aceptadas dentro del canon de los libros inspirados. La Segunda está dirigida a una comunidad cristiana llamada “Dama Elegida”, una iglesia amenazada por seductores (gnósticos) que no confiesan a Jesucristo hecho carne. La Tercera va dirigida a una persona particular, un tal “Gayo”.

De la Carta de Judas, se creé que fue el apóstol Judas, también llamado Tadeo, hermano de Santiago. Compuso su carta hacia el año 62 o 67. La dirige a los cristianos convertidos del judaísmo que en ese momento se encontraban dispersos por territorios del imperio romano, expuestos a maestros portadores de falsedad. No sería descabellado considerar a estos falsos maestros como los precursores gnósticos del siglo II.

Características literarias

La carta de Santiago está escrita en griego esmerado, pero con reminiscencias semitas tanto en el vocabulario como en el estilo. Vocabulario rico en aliteración (repetición de uno o varios sonidos en una misma frase), rima, frases rítmicas, palabras gancho, recurso a la diatriba (injuria, censura o disgusto evidente hacia algo o alguien). Escrito vivaz y de gran actualidad por su exhortación práctica. Más que una carta parece una homilía o catequesis de tono moralizante. El autor utiliza a fondo el legado de las tradiciones proféticas y sapienciales del Antiguo Testamento, tratando de conservar dentro de la corriente cristiana algunos valores tradicionales que él consideraba peligrosamente amenazados.

Las Cartas de Pedro están escritas en griego. La Primera Carta es un denso resumen del Nuevo Testamento sobre la fe cristiana y sobre la conducta que inspira; está escrita en tono seguro, entusiasta, y hasta cierto punto alegre. La Segunda está elaborada con maestría y detenimiento; alterna exposición, exhortación y controversia; junto a tonos solemnes y mesurados encontramos arrebatos apasionados; con estructura concéntrica que tiene a poner de relieve la polémica contra los falsos maestros, parte central de la carta. Esta segunda carta tiene las características propias del género literario “carta testamento”, donde un personaje, que se supone cercano ya a la muerte, reúne a los suyos para darles las últimas recomendaciones con el objeto de asegurar la permanencia del grupo, advirtiéndole sobre los peligros que lo amenazan. Para ello les recuerda el pasado y los conforta con la seguridad de que Dios seguirá actuando en el futuro.

Las tres Cartas que llevan el nombre de San Juan, una más general e importantísima, y las otras muy breves, tienen un carácter polémico, pues están escritas en el marco de la controversia que sacudió a las comunidades joánicas de los últimos decenios del Siglo I. La Primera Carta es una especie de “encíclica”, con carácter homilético y teológico. En general, todas manejan un vocabulario de antítesis: Dios – mundo, Luz – tinieblas, Verdad – mentira…

La carta de Judas fue escrita en griego, rico en vocabulario y con una construcción clásica. Esta carta tiene todas las características de un folleto anti herético. Por tanto, pertenece al género literario “controversia”.

3.4 El mensaje teológico de Hebreos

La carta de San Pablo a los hebreos (que ni es “carta”, ni es de “San Pablo”, ni está dirigida “a los hebreos”), es una homilía o tratado teológico donde se hace una apología o defensa acerca del sacerdocio de Cristo, superior al sacerdocio levítico, con el fin de dilucidar dudas y animar a los cristianos en momentos duros de persecución para que se mantengan fieles a la grandeza de su fe, así como Dios es fiel, y no se dejen llevar por el cansancio de la lucha por la fe cristiana, cediendo al abandono del camino emprendido, o a la apostasía.

Autor, fecha y destinatarios

Se creyó que era de san Pablo. Pero las dudas sobre su origen paulino proceden de la diferencia de estilo y de la concepción teológica que aborda. Además el tema central del sermón, el sacerdocio de Cristo, no se encuentra en ningún otro libro del Nuevo Testamento.

Los destinatarios son ciertamente cristianos, y lo son desde algún tiempo. Ni siquiera es evidente que se trate de cristianos procedentes del judaísmo. No se descarta que se trate de comunidades donde se dejaba sentir el influjo cultural de los judeocristianos. Es una comunidad que está atravesando un momento difícil, una crisis típica de la segunda generación: indolencia y descuido de la fe, poco aprecio de la salvación traída por Cristo, y abandono de las reuniones de la comunidad, donde se comunicaba el amor cristiano. El autor califica esta situación como grave, ya que constituye una merma importante en la fe y se puede llegar a una verdadera apostasía.

Se cree que fue acuñada hacia los años 70 y 90.

Características literarias

- Lenguaje solemne, como los discursos de la antigüedad.
- No es carta, sino pieza oratoria, escrita para ser pronunciada oralmente. Se trata de una homilía o de un sermón en el que se expone oralmente y se defiende el misterio de Cristo a la luz de la historia de la salvación y de la Escritura.
- Sabe combinar el aspecto doctrinal y apologético con el exhortativo y lleno de consuelo.
- Sus afirmaciones son contundentes y firmes.

3.5 El mensaje teológico de Apocalipsis

El Apocalipsis es como un gran resumen de la Biblia. Allí se encuentran temas de los profetas, de los sabios, de los Evangelios y de las epístolas. “Apocalipsis” es un término griego que significa “revelación”, un “anuncio de lo que va a suceder”. El Apocalipsis describe la lucha que todo cristiano tiene que entablar contra las potencias infernales para poder recibir al final la corona de la vida que no se marchita. La victoria es segura para quienes luchan con Cristo.

Autor, fecha y destinatarios

San Juan es el autor de este libro, se encontraba desterrado en la Isla de Patmos (cerca del Asia Menor), por orden del emperador Domiciano, probablemente hacia el año 96. La persecución andaba destrozando todas las Iglesias de Cristo y Juan se pregunta angustiado: ¿Por qué Dios permite tanto mal, tanta persecución?

Un domingo por la tarde, el Señor le manifiesta la respuesta por medio de cuatro visiones, que son como cuatro emocionantísimas películas en las cuales se revela todo lo malo y lo bueno que va a suceder.

La fecha de composición del libro se sitúa hacia el final del primer siglo, entre los años 95 al 98 dC.

Los destinatarios del libro son los cristianos perseguidos, para así alentarlos en la lucha. Cristianos amenazados por la persecución y por las seducciones del mundo, con el consiguiente riesgo de la  muerte o la deserción. La amenaza procede desde afuera (del poder político que se concreta en el imperio romano), pero también desde adentro (de círculos cristianos que se han apartado de la verdadera fe).

Características literarias

- Carácter simbólico:
San Juan les habla a través de símbolos, pues se trata del mensaje de un prisionero a un pueblo cristiano terriblemente perseguido; era, pues, necesario usar para todo un lenguaje especial de símbolos y claves que los cristianos sí entendieran, pero no los perseguidores.

Números:

- El 6: es algo imperfecto; impotencia para llegar a 7. Por eso, la bestia enemiga de Cristo se llama 666, o sea, la que nunca logra llegar a la perfección en nada.
- El 7: es un número que significa perfección, algo completo.
- 3 y medio: o sea la mitad de 7: es señal de algo que dura poco y luego pasa. Así las persecuciones de los buenos duran 3 y medio de años.
- 12: Indica “los escogidos del Señor”.
- 1 000: es el número inmenso, indefinido.
- 144 000: es la cantidad de los salvados. Producto de 12 x 12 x 1 000.

Personajes:

- Gran Dragón: Satanás.
- Las bestias: los enemigos de Dios, muy poderosos y se encuentran en todas partes. Pero al final son derrotados. Hay dos bestias: la primera es el Imperio Romano, con sus autoridades (10 cabezas) y su mucho poder (siete cuernos), pero también es personificación de todo poder humano y político que oprime a la Iglesia. La segunda bestia es un falso cordero, o personificación de las falsas doctrinas y falsas religiones o falsos maestros que seducen a la gente.
- La mujer: es la Iglesia. La tradición ve también en ella a María.
- Una estrella: significa un ángel.
- Los ciento cuarenta y cuatro mil: son el resultado de multiplicar las doce tribus de Israel por doce, y luego por mil que es la cifra de la historia de la salvación. Esta cifra representa a los cristianos que han sido marcados por el sello indeleble del bautismo y que gozan de una especialísima protección divina.
- Los 24 ancianos: son las 12 tribus de Israel más los 12 Apóstoles del Cordero; representan la totalidad de los Santos que han intervenido activamente en la historia de la Salvación.
- Los cuatro seres vivientes: (león, toro, hombre, ángel): significan el mundo de la criaturas, que Dios domina y que están al servicio del Todopoderoso. La tradición de la Iglesia ha visto siempre en estos cuatro vivientes los símbolos de los cuatro evangelistas: Marcos (león), Mateo (hombre), Juan (águila) y Lucas (toro).
- Los tres ángeles: son los predicadores del Reino de Dios, los profetas, los misioneros, que anuncian conversión. Son los heraldos de Dios que anuncian el juicio sobre la historia humana.
- La Prostituta: Babilonia. Directamente es Roma y el Imperio Romano. Pero también es todo poder político que se opone al plan salvífico de Dios en Cristo. Las 7 cabezas son las 7 colinas de Roma y sus 7 emperadores; el sexto es Nerón y el séptimo es Domiciano.

Objetos:

- Un candelabro: representa una iglesia particular.
- Las siete lámparas de fuego: evocan a los 7 espíritus de Dios. Parecerían los mismos de Tobías 12, 5. San Victorino, cuyo comentario es el más antiguo de los escritos en latín, ve en estos siete espíritus como en las siete lámparas (4, 5), los dones del Espíritu Septiforme.
- Los 7 cuernos y 7 ojos del Cordero: indican plenitud de poder (cuernos) y perfección de ciencia (ojos).
El libro es la misma historia humana, que esconde dentro de ella el designio misterioso de Dios sobre los acontecimientos.
- Los cuatro caballos: los caballos, rojo, negro y verde, indican las grandes plagas de la humanidad: la violencia, la injusticia social y la muerte, con todos los males que acarrean. Y el caballo blanco representa a Cristo resucitado que combatirá y vencerá a esos otros caballos.
- Los siete sellos: el quinto sello son los mártires que piden justicia por su sangre derramada. El sexto sello indica la llegada del gran día de la cólera de Dios sobre las divinidades paganas (astros) y la derrota de la maldad (los poderosos). El séptimo sello con las siete trompetas que anuncian solemnemente la presencia de Dios en la historia, que va destruyendo todas las fuerzas del mal y propiciando la conversión de los hombres.

Su género literario es apocalíptico, un modo especial de contar lo que va a suceder en el futuro. No es lo mismo el género apocalíptico y el género profético. El género apocalíptico intensifica los símbolos, las visiones, y se proyecta más hacia la historia vista en un sentido global, que trasciende el determinado acontecimiento del presente, mientras que la profecía normalmente se queda en interpretar unos hechos históricos determinados.

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