1.1 Revelación, Palabra de Dios y
Catequesis
“Revelar” significa “descubrir”, “quitar el velo”. Dios, en su infinita bondad ha querido “manifestarse” a los hombres, descubriéndonos quién es y cómo es Él.
“Revelar” significa “descubrir”, “quitar el velo”. Dios, en su infinita bondad ha querido “manifestarse” a los hombres, descubriéndonos quién es y cómo es Él.
Como dice la Carta a los Hebreos: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios a nuestros antepasados por boca de los profetas. En estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo” (Heb 1, 1). Así, comprendemos cómo la revelación plena y total nos la ha manifestado Dios a través de Jesucristo.
Ahora bien, esta revelación, contenida en la Sagrada Escritura, se nos presenta como “Palabra de Dios”, como “Comunicación de Dios a los hombres”.
Finalmente, la profundización en las verdades fundamentales de la fe, emanadas de la Palabra de Dios, son profundizadas por los fieles mediante la Catequesis.
1.2 Las fuentes de la fe
La Dei Verbum, en su número 2, afirma: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina” (DV 2).
Así comprendemos cómo Dios se da a conocer, antes que todo, a través de su acto creador. La creación misma es fuente del conocimiento de Dios. Efectivamente, “Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio” (DV 3). Los invitó a una comunión íntima con él revistiéndolos de una gracia y de una justicia resplandeciente. Esta revelación no fue interrumpida por el pecado de nuestros primeros padres (CEC 554-555).
Luego del pecado de nuestros primeros padres, se fue dando una progresiva revelación de Dios a los hombres. La doctrina de las Alianzas (con Noé, con Abraham, y con el pueblo de Israel), así como su elección de Patriarcas y Profetas en el Antiguo Testamento manifiesta cómo Dios forma su pueblo y se revela a él de diversas formas.
Y al llegar el tiempo conveniente, Cristo Jesús se nos manifiesta como el “Mediador y la plenitud de toda la Revelación”. Podríamos decir que Él es la suprema fuente de la Revelación. Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre.
En Cristo está, pues, la salvación de todas las generaciones hasta el fin del mundo. De ahí la decisiva cuestión: ¿Cómo nos llega a nosotros la Revelación de Dios al cabo de los siglos? Y la respuesta es muy simple: A través de la Tradición apostólica, que el Catecismo de la Iglesia explica en sus números 75 al 79.
Esta transmisión se realizó de dos maneras:
- Oralmente, es decir, de palabra, contando lo que hizo y dijo el Señor.
- Por escrito.
Como afirma la Dei Verbum en su número 7: “Los
mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la
salvación inspirados por el Espíritu Santo” (DV 7).
Estamos, pues, ante la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, que testifican y transmiten la Revelación de Dios en su Hijo. Ambas “están íntimamente unidas y compenetradas, porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin” (DV 9).
1. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto que ha sido escrita por inspiración del Espíritu Santo.
Estamos, pues, ante la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, que testifican y transmiten la Revelación de Dios en su Hijo. Ambas “están íntimamente unidas y compenetradas, porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin” (DV 9).
1. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto que ha sido escrita por inspiración del Espíritu Santo.
2. La Tradición
recibe la Palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los
apóstoles, y la transmite íntegra a sus sucesores, para que ellos, iluminados
por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente
en su predicación.
Ambas constituyen el llamado “Depósito de la fe”, la Tradición que predicaron y entregaron los Apóstoles. Este depósito de la fe fue confiado a la totalidad de la Iglesia para que lo difundiera por el mundo para la salvación de las almas.
Surge, entonces, la pregunta: ¿Cómo se realiza a través de los siglos esta predicación de la Revelación divina? Pues de dos maneras:
a) Por el Magisterio de los sucesores de los Apóstoles. La Dei Verbum nos lo recuerda: “El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo” (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro.
b) Por el Testimonio cristiano del Pueblo de
Dios: “Fiel a dicho depósito, el pueblo
cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica
y en la unión, en la Eucaristía y la Oración, y así se realiza una maravillosa
concordia de pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe
recibida” (DV 10). Ambas constituyen el llamado “Depósito de la fe”, la Tradición que predicaron y entregaron los Apóstoles. Este depósito de la fe fue confiado a la totalidad de la Iglesia para que lo difundiera por el mundo para la salvación de las almas.
Surge, entonces, la pregunta: ¿Cómo se realiza a través de los siglos esta predicación de la Revelación divina? Pues de dos maneras:
a) Por el Magisterio de los sucesores de los Apóstoles. La Dei Verbum nos lo recuerda: “El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo” (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro.
1.3 El proceso educativo de la fe y la Sagrada Escritura
En términos generales podríamos decir que la “pedagogía” es la “ciencia de la educación”. Así, podemos entender que la pedagogía que la Biblia nos propone acerca de Dios, es fuente de inspiración para la enseñanza de la fe.
La salvación de la persona, que es el fin de la Revelación, se manifiesta como fruto de una original y eficaz pedagogía de Dios. Dice la Catechesi Tradendae en su número 58: “Dios mismo, a lo largo de la historia sagrada y principalmente en el evangelio, se sirvió de una pedagogía que debe seguir siendo el modelo de la pedagogía de la fe” (CT 58).
El magisterio reciente y la legislación catequética actual que de él se ha derivado han relacionado estrechamente la catequesis, como pedagogía de la fe, con la misma pedagogía de Dios, de la cual se habla ya en la Escritura y en los Padres de la Iglesia, sobre todo en Ireneo y Clemente de Alejandría. Lo expresaban diciendo que “la Biblia se refiere a nosotros”, nos reconocemos en el pueblo de Israel que esperaba a Cristo, y nos preparamos para encontrarlo también nosotros.
El Directorio General para la Catequesis, por su parte, indica: “La Sagrada Escritura nos presenta a Dios como un padre misericordioso, un maestro, un sabio que toma a su cargo a la persona, individuo o comunidad, en las condiciones reales en que se encuentra, le libera de los vínculos del mal, le atrae hacia sí con lazos de amor, y le hace crecer progresiva y pacientemente hacia la madurez del hijo libre, fiel y obediente a su palabra” (DGC 139).
La Sagrada Escritura describe concretamente el camino vivido por un pueblo, cuya historia es paradigmática de toda historia religiosa, y en consecuencia de todo camino de descubrimiento de Dios. Él mismo impulsa el crecimiento de Israel en la tribulación para hacerlo santo y disponible a la misericordia que salva.
La Biblia muestra la pedagogía de Dios en el desplegarse de la Revelación que prepara sabiamente la plenitud de los tiempos. En ella Dios conduce de la mano a su pueblo hacia la realización de la promesa.
Podemos concluir que la pedagogía divina es la manera con la que Dios ha conducido a Israel hacia Cristo salvador, y el modo con el que el propio Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, vivió la voluntad del Padre comunicando y haciendo realidad entre los hombres el evangelio del reino de Dios.
La pedagogía catequética, la enseñanza de la fe, inspirada y modelada según la pedagogía de Dios, consiste esencialmente en conectar al hombre a este camino de la historia del pueblo de Dios y, en este sentido, educarlo en el seguimiento de Jesús.
1.4 Dimensión bíblica de la catequesis
Tradicionalmente, la catequesis ha sido la tarea eclesial más ligada al quehacer bíblico. Pues bien, el documento de Aparecida estimula a que las demás áreas se liguen también a la Sagrada Escritura, y más que eso, que se fundamenten en la Palabra (ver DA 247-248).
Como decía el Papa Benedicto XVI en la exhortación apostólica Verbum Domini: “Un momento importante de la animación pastoral de la Iglesia en el que se puede redescubrir adecuadamente el puesto central de la Palabra de Dios es la catequesis que, en sus diversas formas y fases, ha de acompañar siempre al Pueblo de Dios. El encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús, descrito por el evangelista Lucas (ver Lc 24, 13-35), representa en cierto sentido el modelo de una catequesis en cuyo centro está la «explicación de las Escrituras», que sólo Cristo es capaz de dar (Lc 24, 27-28), mostrando en sí mismo su cumplimiento. De este modo, renace la esperanza más fuerte que cualquier fracaso, y hace de aquellos discípulos testigos convencidos y creíbles del Resucitado” (VD 74).
En el Directorio General para la Catequesis encontramos indicaciones válidas para animar bíblicamente la catequesis: “Ha de estar totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y las actitudes bíblicas y evangélicas, a través de un contacto asiduo con los mismos textos; y recordar también que la catequesis será tanto más rica y eficaz cuanto más lea los textos con la inteligencia y el corazón de la Iglesia” (DGC 127), y cuanto más se inspire en la reflexión y en la vida bimilenaria de la Iglesia. Se ha de fomentar, pues, el conocimiento de las figuras, de los hechos y de las expresiones fundamentales del texto sagrado; para ello, puede ayudar también una inteligente memorización de algunos pasajes bíblicos particularmente elocuentes de los misterios cristianos.
La actividad catequética comporta un acercamiento a las Escrituras en la fe y en la Tradición de la Iglesia, de modo que se perciban esas palabras como vivas, al igual que Cristo está vivo hoy donde dos o tres se reúnen en su nombre (Mt 18, 20). Además, debe comunicar de manera vital la historia de la salvación y los contenidos de la fe de la Iglesia, para que todo fiel reconozca que también su existencia personal pertenece a esta misma historia.

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